El mito del savoir-faire y como la ficción crea un ideal alrededor de lo que es trabajar en marketing y publicidad

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[Artículo invitado]

¿Cuántas veces te ha ocurrido que has visto una profesión desde fuera y has pensado que todo en ella es ideal y que te gustaría trabajar en ese sector? Esta reacción es más habitual de lo que piensas, y tiene unas causas muy concretas: conocemos los inconvenientes de nuestro trabajo (los horarios, el sueldo, las posibilidades de promoción), pero de los trabajos de los demás tendemos a conocer únicamente la parte positiva, especialmente si el contacto con esas otras realidades es esporádico. Esto es así porque solemos reservarnos nuestros problemas laborales: a nadie se le ocurre comentar si está o no contento con su salario, a no ser que exista mucha confianza con el interlocutor.

Hay, además, otro factor que explica este fenómeno. Generalmente, las series y películas que configuran la imagen que tenemos de muchas profesiones tienden a idealizarlas y romantizarlas. Esta es la fórmula de los guiones para generar la simpatía del espectador con los protagonistas.

La imagen del sector de la publicidad

Pensemos, por ejemplo, en el sector del marketing y la publicidad. Parece que bastara con dominar eso que los franceses llaman el savoir faire: una especie de encanto natural de algunas personas, que ejerce un influjo en los demás.

Muchas personas aspiran a trabajar en este sector, cuya imagen pública en los últimos años está influenciada de manera decisiva por una serie de éxito producida y emitida por la plataforma Netflix. Se trata de Emily in Paris, de la cual acaba de emitirse la segunda temporada, y que tendrá tercera y hasta cuarta parte.

Emily in Paris cuenta los avatares de Emily, su protagonista, en París, la ciudad del amor. Emily (interpretada por la actriz británica Lily Collins) es una joven de Chicago que se muda a la capital de Francia para trabajar en una empresa de marketing. Su trabajo implica aportar la visión norteamericana en la empresa, que acaba de convertirse en filial de la casa matriz estadounidense. Evidentemente, se topará con la resistencia de sus nuevos compañeros de trabajo.

Así planteada, es evidente que la situación laboral podría derivar en un grave conflicto: una nueva trabajadora, tratando de imponer una cultura laboral externa a los compañeros veteranos que trabajan en una empresa recién vendida. Sin embargo, este enfoque realista queda oculto en un guion que prima el toque cómico, y que acaba mostrando una imagen idealizada de la empresa de Emily y, por extensión, del sector.

Emily en París como reflejo deforme de un sector

La serie ahonda en los clichés de la cultura francesa por oposición a la cultura estadounidense. Al fin y al cabo, Emily vive en un choque cultural permanente al llegar a París, por la que siente una inmediata fascinación.

Ella es pizpireta, divertida, con un punto despistado: en definitiva, un carácter ideal para meterla en mil y un embrollos. Hasta tal punto llega su despiste, que ni siquiera sabe hablar francés. Evidentemente, trabajar en una empresa francesa sin hablar una palabra de francés es una situación que en la realidad provocaría su despido o, por lo menos, que no fuera contratada para ese puesto.

En este sentido, hablar idiomas (cuantos más mejor) es fundamental en cualquier trabajo, y así lo valoran las empresas. Hace ya mucho tiempo que uno de los apartados en que más se fijan los responsables de recursos humanos de cualquier empresa, más aún si tiene una vocación internacional, es en el correspondiente a los idiomas.

Sin embargo, en Emily en París este no parece ser un problema que incapacite a su protagonista para asumir incluso una posición de mando, sino que todo lo más da lugar a situaciones cómicas con las que alimentar la trama.

Emily in Paris deja de lado la dificultad de trabajar en el sector del marketing con una cultura completamente distinta, y obvia el hecho de que para preparar campañas comerciales o anuncios dirigidos al público francés, antes hay que saber muy bien cómo vive, piensa y respira el consumidor francés.

Mad Men como contrapunto

Emily en París está muy alejada de un gran clásico de la ficción de los últimos años, como Mad Men, cuyo tono se aleja completamente de la comedia para ahondar en el drama de época. Se sitúa, al contrario que la serie de Netflix, en un momento histórico pasado, caracterizado por ser precisamente la Edad de Oro de la publicidad, cuando aquellos “hombres locos” (en este caso, los de Sterling Cooper) pusieron patas arriba el mercado estadounidense aprovechando el florecimiento del Estado del Bienestar. Mad Men sí refleja las dificultades de trabajar en el sector e, incluso, aborda el choque cultural con el traslado de uno de los socios de la firma de Inglaterra a Nueva York.

En cambio, Emily en París es una serie cómica para ser consumida sin plantearse demasiado si lo que está contando refleja la realidad. De acuerdo, es una serie de entretenimiento ligero, hecha para pasar un buen rato, y no hay que pretender que refleje exactamente lo que ocurriría en la realidad, pero sí saber que el sector del marketing y la publicidad no funciona así. Más bien al contrario, es un sector muy exigente, en el que la presión por obtener resultados es alta y la orientación al cliente exige un alto nivel en el manejo de otros idiomas. Y, por su puesto, toneladas de creatividad para triunfar.

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